Arquimia

Por Filectio - 13 de Septiembre, 2005, 15:35, Categoría: A

Término usado por Fulcanelli para referirse a la Voarchadumia: «... la arquimia o voarchadumia, parte de la ciencia que enseña la trasmutación de los metales unos en otros...».

Del Libro I de su obra Las Moradas Filosofales:

«Hubo en la Edad Media -verosímilmente, incluso, en la antigüedad griega, si nos referimos a las obras de Zósimo y de Ostanes- dos grados, dos órdenes de investigaciones en la ciencia química: la espagiria y la arquimia. Estas dos ramas de un mismo arte esotérico se difundían entre las gentes trabajadoras por la práctica de laboratorio. Metalúrgicos, orfebres, pintores, ceramistas, vidrieros, tintoreros, destiladores, esmaltadores, alfareros, etc., debían, al igual que los boticarios, estar provistos de conocimientos espagíricos suficientes que, luego, completaban ellos mismos en el ejercicio de su profesión. En cuanto a los arquimistas, formaban una categoría especial, más restringida, más oscura también, entre los químicos antiguos. La finalidad que perseguían presentaba alguna analogía con la de los alquimistas, pero los materiales y los medios de que disponían para alcanzarla eran únicamente materiales y medios químicos. Trasmutar los metales unos en otros; producir oro y plata partiendo de minerales vulgares o de compuestos metálicos salinos; obligar al oro contenido potencialmente en la plata y a la plata en el estaño a transformarse en actuales y susceptibles de extracción, tales eran las metas que se proponía el arquimista. Era, en definitiva, un espagirista acantonado en el reino mineral y que prescindía voluntariamente de las quintaesencias animales y de los alcaloides vegetales. Pues como los reglamentos medievales impedían poseer en la propia casa sin previa autorización hornos y utensilios químicos, muchos artesanos, una vez terminada su labor, estudiaban, manipulaban y experimentaban en secreto en su bodega o en su granero. Cultivaban la ciencia de los pequeños particulares, según la expresión un tanto desdeñosa de los alquimistas para designar aquellos "colegas" indignos del filósofo. Reconozcamos, sin menospreciar a estos útiles investigadores, que los más afortunados a menudo no lograban sino un beneficio mediocre, y que un mismo procedimiento, seguido al principio de éxito, no daba a continuación más que resultados nulos o inciertos.
» Sin embargo, pese a sus errores -o, más bien, a causa de ellos-, son ellos, los arquimistas, quienes han proporcionado a los espagiristas al principio y a la ciencia moderna luego, los hechos, los métodos y las operaciones de que tenían necesidad. Esos hombres atormentados por el deseo de investigarlo todo y aprenderlo todo son los verdaderos fundadores de una ciencia espléndida y perfecta a la que dotaron de observaciones justas, de reacciones exactas, de manipulaciones hábiles, de habilidades penosamente adquiridas. Saludemos a esos pioneros, a esos precursores, a esos incansables trabajadores y no olvidemos jamás cuanto hicieron por nosotros.
» Pero la alquimia, repetimos, no entra para nada en esas aportaciones sucesivas. Tan sólo los escritos herméticos, incomprendidos por los investigadores profanos, fueron la causa indirecta de los descubrimientos que sus autores jamás habían previsto. Así es como Blaise de Vignére obtuvo el ácido benzoico por sublimación del benjuí; como Brandt pudo extraer el fósforo buscando el alkaest en la orina; como Basilio Valentín -prestigioso adepto que no menospreciaba en absoluto los ensayos espagíricos- estableció toda la serie de sales de antimonio y realizó el coloide de oro rubí (Partiendo del tricloruro de oro puro, separado del ácido cloroáurico y lentamente precipitado por una sal de zinc unida al carbonato potásico en "cierta agua de lluvia". El agua de lluvia sola, recogida en una época dada en recipiente de zinc, basta para formar el coloide rubí, que se separa de los cristaloides por diálisis, lo que hemos experimentado innumerables veces y siempre con el mismo éxito); como Raimundo Lulio preparó la acetona y Casio, la púrpura de oro; como Glauber obtuvo el sulfato sódico y como Van Hemont reconoció la existencia de los gases. Pero con excepción de Lulio y de Basilio Valentín, todos esos investigadores, clasificados equivocadamente entre los alquimistas, no fueron sino simples arquimistas o sabios espagiristas. Por ello, un célebre adepto, autor de una obra clásica, puede decir con mucha razón: "Si Hermes, el padre de los filósofos, resucitara hoy con el sutil Jabir y el profundo Raimundo Lulio no serían hoy considerados como filósofos por nuestros químicos vulgares (Los arquimistas y los espagiristas son designados aquí por el autor con el epíteto general de químicos vulgares, para diferenciarlos de los verdaderos alquimistas, llamados aún adeptos (adeptus, el que ha adquirido) o filósofos químicos), que casi no se dignarían incluirlos entre sus discípulos porque ignorarían la manera de proceder a todas esas destilaciones, circulaciones, calcinaciones y todas esas operaciones innumerables que nuestros químicos vulgares han inventado por haber comprendido mal los escritos alegóricos de esos filósofos."»

«... en arquimia hay otros métodos cuyos resultados vienen a aportar la prueba de las afirmaciones filosóficas y que permiten realizar la descomposición de los cuerpos metálicos, largo tiempo considerados como elementos simples. Estos procedimientos, que los alquimistas conocen aunque no los utilicen en la elaboración de la Gran Obra, tienen por objeto la extracción de uno de los dos radicales metálicos: azufre y mercurio.»


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